• mairavarea

¿NOVELA ROMÁNTICA Y FINAL FELIZ?

Actualizado: nov 14




Hoy vengo a meterme en un jardín. En uno en cuyo barro puedo quedar atrapada.

Arenas movedizas de las de verdad. Pero me he levantado guerrera y me apetece comentar mi postura acerca de ese discutido y espinoso tema que de tanto en cuando enciende las redes sociales y otros foros de discusión: el de los finales felices en la novela romántica.


Parto del hecho de que cada uno puede escribir lo que le dé la gana. Faltaría más. La libertad creadora choca muchas veces con el encorsetamiento tradicional de los géneros, y quienes escribimos sabemos que a veces nos apetece, simplemente porque sí, porque lo necesitamos, salirnos del camino trazado. Solo porque en ocasiones el jardín embarrado es muy tentador. Y, por encima de todo, porque puede que tengamos una necesidad incontrolable de contar una determinada historia de una forma y no de otra. O quizá nos apetezca ir en busca de la originalidad. Maravillosa originalidad. Y es que el oficio de la escritura debería estar siempre regido por la máxima de la libertad.



Pero la literatura no va solo de quien escribe. Es un juego en el que entran en comunión dos extremos, escritor y lector, alguien que da y alguien que recibe (que no siempre es unidireccional, ni mucho menos, más bien lo contrario). El lector no es imprescindible para que exista el escritor, como si lo es al revés. Pero que levante la mano el escritor que no sueñe con que sus libros sean leídos. En eso estamos casi todos de acuerdo, ¿verdad?


¿Y por qué puntualizo esto? Porque yo soy lectora antes que autora, y aunque soy consciente de la maravilla que supone que haya alguien creando historias maravillosas para mí, lo soy mucho más del poder que tienen mis elecciones. Soy yo, lectora, quien elige leer una cosa y no otra. Y cuando lo hago es, lógicamente, porque hay una motivación que me ha hecho decidirme. Miro las portadas, leo las sinopsis, a veces hojeo las primeras páginas y… ¡oh, sorpresa, oh, sacrilegio! a veces también hojeo el final. Y ¿sabes cuándo hago esto último? Cuando necesito asegurarme de que es un final feliz. Y he descubierto que no soy la única que lo hace.



Recuerdo una conversación con una conocida que no estaba atravesando su mejor momento, a la que le costaba salir o relacionarse, y que se refugió en la literatura, en la ficción. Es lo que hacemos todos, ¿verdad? Le gustaba la novela romántica porque decía que siempre acababa bien, que le gustaban los finales felices y que le daban esperanza. No tenía ganas de arriesgarse con otro tipo de lecturas. No quería sufrir más, y, si lo hacía, necesitaba una recompensa que la vida real no le había dado. Daba por hecho que un final positivo era una premisa básica del género. Hasta que leyó una novela en la que el protagonista moría tras una larga enfermedad. Ni siquiera la terminó; cuando empezó a sospechar que aquello se complicaba y que no se arreglaría, miró el final y abandonó la historia.


“Me he sentido traicionada”, me dijo. Qué duro, ¿no? Y lo cierto es que no había ni una sola pista que pudiera prevenirla de lo que se iba a encontrar cuando eligió esa obra. Asumió que, si la novela estaba clasificada como novela romántica, acabaría bien. Ella lo entendía así, como lo entienden muchas otras lectoras del género. Se había sentido traicionada. Obviamente, no ha vuelto a leer a esa autora, y en más de una ocasión me ha confesado que ella también hojea el final antes de decidirse.


“Qué ejemplo tan exagerado. Pues por esa regla de tres, que no lea nada, que no viva, porque el dolor y las cosas feas están en todas partes”, me comentó otra conocida un día que yo le expliqué esto mismo. Ya, por supuesto. Pero la vida no nos deja elegir, viene de mil formas insospechadas y no nos queda otra que tragar, cosa que podemos evitar en la literatura, que es, ante todo, un entretenimiento (otro día me meteré en el jardín de la literatura de entretenimiento como algo negativo, que anda que ahí no hay tela que cortar). Como lectora, quiero poder elegir. Porque ese es mi superpoder.


Puede que me encante una historia original, sorprendente, distinta. Pero a lo mejor soy de esas que necesita la seguridad de los géneros. A lo mejor no quiero literatura original ni innovadora, a lo mejor no en un momento determinado. Que sí, que si Cervantes no se hubiera cargado todas las reglas de las novelas de caballerías no tendríamos ahora El Quijote, pero es que la gente siguió leyendo y consumiendo ese tipo de novelas incluso después de que don Miguel hubiera publicado la obra cumbre la literatura castellana. Porque buscaban un determinado género y un determinado final, y estaban en su derecho como lectores, gustase a la crítica o no.



Antes de escribir este artículo, he buscado algún ejemplo de novela negra o policíaca en la que el investigador no encuentre al asesino. No la he encontrado, aunque probablemente exista, solo que yo no domino el género lo suficiente. Si tú conoces alguna, me hará feliz que me lo hagas saber. Hay que ver qué poco original la Christie que siempre acababa igual sus novelas. Qué predecible. ¿Has oído alguna vez afirmaciones como esta? Yo no. Así que me temo que es algo que solo afecta a la novela romántica, siempre tan denostada y tan cargada de prejuicios, incluso por aquellos que jamás se han tomado la molestia de leerla.


Pero la afirmación más absurda que me han dicho nunca es que el final feliz es poco realista, que pocas historias de amor acaban bien en la realidad. Claro, campeón, porque en el mundo no hay historias de amor de verdad, pero sí hay elfos, hobbits, hombres que lanzan telarañas, superhéroes de Marvel y vampiros a tutiplén.


También me gustaría aclarar que, para mí, un final feliz no implica que la historia acabe con la típica boda y sus correspondientes churumbeles. Creo que las lectoras de romántica hace mucho que no esperamos eso. La idea es, más bien, que el final sea positivo, que nos transmita esperanza, nos haga suspirar de satisfacción y cerremos el libro con la sensación de que todo ha acabado “bien”.


Es verdad que en ocasiones lo mejor sería que los protagonistas acaben separados. Hace no mucho leí una historia con un final desgraciado, y, aunque me resultó del todo inesperado, cuando lo analicé con calma me pareció que esa historia no podía acabar de otro modo, que era el final más adecuado y más lógico para ese libro en cuestión. A mí no me importó ese final, ni mucho menos, pero entiendo que pueda haber quien, después de aguantar durante trescientas páginas las idas y venidas de la pareja en cuestión, se pueda sentir traicionada. O que, como alguien de mi familia, haya perdido a su marido de forma abrupta siendo muy joven y no le apetezca remover emociones.



En conclusión, que cada uno escriba lo que quiera, que cree, sienta y emocione. Que ponga en un papel la historia que su alma necesite. Yo tengo claro que eso es lo que voy a hacer siempre. Si la historia es buena, seguro que encontrará lectores que la disfruten, independientemente de su final. Habrá lectoras que aun así se sientan maravilladas. Pero si una lectora de romántica os dice que se siente traicionada cuando se encuentra por sorpresa un final negativo, aceptadlo con humildad. Porque no es lo que esperaba y nadie la ha avisado. A mí me parece de lo más normal. No juzguemos a nuestras lectoras, porque son nuestro mayor tesoro.


Y si lo que queréis es leer novelas románticas con final feliz, en esta entrada del blog y en esta os anoto unas cuantas (ojo que hay novelas de varios géneros). Y, por supuesto, yo también escribo romántica con final feliz.




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